PROTEO EL VANIDOSO

           PROTEO EL VANIDOSO

     El orgulloso dragón rojo resopló y su aliento de azufre caldeó el ambiente de la cueva. ¿Qué extraña sensación? ¿Llegaría de aquella manera tan inocua el final de sus días? Él, que había sembrado el terror por doquier, que había amasado riquezas incomparables, se enfrentaba por fin a su destino; el tránsito de la vida a la muerte se había presentado de forma inesperada, apenas podía moverse y se tenía que conformar con compartir su hedionda madriguera con los murciélagos. Odiaba a aquellas malditas ratas voladoras.
     -¡Soy Proteo, el dragón rojo! –Exclamó. Sus palabras revocaron sobre la cúpula abovedada de la gruta, provocando un tintineo casi musical entre las estalactitas que colgaban del techo.
     “Pertenezco a un linaje muy antiguo… tan antiguo como el propio tiempo, que vosotros los mortales acostumbráis a contar…”. La memoria de Proteo se mostraba difusa; los recuerdos diluidos en tristeza se mezclaban con interminables pasajes de euforia desmedida. Isicio, Maestre de Asán, se sentó sobre una roca; las aguas subterráneas canturreaban entre las piedras hasta desembocar en un lago de aguas negras.
     -Aún tenemos tiempo. –Afirmó mientras se ponía cómodo.
     Proteo emitió un gemido; por la herida abierta en su costado no dejaba de manar un fluido viscoso y pestilente.
     -Tiempo… -Murmuró el dragón rojo.
     -Nací a orillas del Ibón helado, en la era de los dragones legendarios…
     -Sin embargo no seguiste el camino de tus hermanos; te convertiste en el dragón más sanguinario y destructor que jamás haya conocido el reino de Castino I. –Reprochó Isicio.
     -¡Ja, ja, ja! Castino; ése infame indigno se hace llamar mata dragones. Sin embargo, en más de una ocasión pude acabar con él… lastima no haberlo hecho. –Se podía mascar el odio en cada una de sus palabras.
     Isicio de Asán conocía bien al rey Castino; la perfidia conducía cada uno de sus actos. Por un momento sintió un breve ramalazo de compasión. Proteo agonizaba frente a él; el último de los dragones rojos, al que llamaban “El vanidoso”, iba a morir dejando tras él una estela de miedo difícil de olvidar. Pasarían siglos hasta que los niños volvieran a dormir tranquilos en las aldeas del valle, hasta que los encomendados cultivaran la tierra sin miedo a ver sus cosechas destruidas. Sin embargo, allí postrado y herido de muerte, no era más que un animal desvalido e inofensivo.
     -Sabía que algún día tendría que enfrentarme a ti, Maestre de Asán. Temía que llegara éste día sin estar preparado para abandonar el mundo. No obstante estoy contento; hace años que nada me liga a la vida, que el tiempo transcurre con pereza y desidia. –Algo parecido a una lágrima resbaló por las doradas escamas que revestían la piel de Proteo.
     -Eres noble de corazón, Isicio de Asán. Sólo alguien como tú podía vencerme en singular combate. Castino lo sabía… ¿Cómo consiguió moverte a semejante peripecia? ¿Con qué promesas te arrojó a tan peligrosa aventura? –Quiso saber el dragón rojo.
     -No hay promesas, Proteo. Has matado y asesinado a gentes inocentes, has desahuciado las arcas del reino robando y destruyendo cosechas y haciendas. Un ser como tú no puede aspirar a la compasión.
     -¡Compasión!, ¿quién quiere la compasión de Castino? A tu rey y a mi nos mueve la misma inquina; no pienses que somos tan diferentes.
     Isicio guardó silencio. Proteo tenía razón; el rey Castino era un hombre deplorable, un ser lujurioso y corrupto que había mancillado el glorioso linaje del que procedía. ¿Quién empobrecía más al pueblo, el dragón rojo con su afán por acaparar riquezas, o el rey Castino con su avaricia y la voracidad de sus impuestos?
     -Tal vez estés en lo cierto, Proteo. Pero no por ello tus actos son más benignos. Has sido malvado y cruel; un ser vanidoso y lleno de orgullo, que ni siquiera en la hora del trance final es capaz de mostrar arrepentimiento.
     -La vanidad y el ansia por destruir forman parte de mi naturaleza. ¿Acaso tu podrías dejar de mostrar valor y generosidad, Isicio?, ¿podrías dejar a un lado tus principios, la impronta de tus mayores? –El dragón rojo estiró el cuello hasta tocar con la cabeza la bóveda de la cueva; emitió un ronquido gutural y escupió una ardiente vaharada que iluminó el fondo de la gruta.
     -Se acerca el final. Deberías marcharte; ve y cuéntales a todos como diste muerte a Proteo el vanidoso. –El dragón rojo escondió la cabeza bajo el ala, como si se avergonzara por mostrar debilidad ante su oponente.
     -Sólo te pido una cosa, Isicio de Asán. –Proteo se movió con gran esfuerzo y acercó su enorme cabeza al caballero; susurró unas palabras que apenas provocaron un murmullo en el interior de la cueva.
     -¿Es tu última voluntad? –Preguntó Isicio. Proteo asintió con un lánguido movimiento de cabeza. Sentía como las fuerzas se le iban agotando. Finalmente expiró sin más. El último dragón rojo había muerto; la era de los dragones legendarios había llegado a su fin… ¿o tal vez no?

     Isicio de Asán montó en su caballo; dejó atrás las agrestes escarpaduras del territorio montañoso y enfiló el inhóspito páramo del Ibón helado. Cabalgó sin descanso durante toda la jornada, hasta que al caer la tarde alcanzó el gran lago de hielo. Desmontó y dejó que el caballo pastara a su antojo; se echó las alforjas al hombro y caminó un corto trayecto. El terreno alrededor de la orilla estaba resbaladizo, de modo que anduvo con sumo cuidado para no caer. Desenvainó su espada y fue tanteando la superficie hasta encontrar una zona quebradiza; con un movimiento seco consiguió romper la fina capa de hielo.
     Del interior de las alforjas sacó un cuerpo ovalado de intenso color rojo, que palpitaba ávido de vida. Proteo, el último de los dragones legendarios, daría al mundo una nueva estirpe; pero ni Isicio, ni Castino, ni ninguno de los seres humanos que albergaban aquellas tierras serían testigos de semejante acontecimiento.
     Isicio sumergió el huevo de dragón rojo en las aguas heladas, tal como le indicara Proteo antes de morir. Allí aguardaría durante siglos su momento, que transcurriese el invierno de sus días, el largo periplo hasta convertirse en el ser legendario que estaba llamado a ser. Abandonado a su suerte, el linaje de Proteo se hundió en el lecho del lago.

     De camino a la Meseta, en busca de la corte de Castino I, la naturaleza comenzó a mostrarse más benigna. El humor taciturno de Isicio de Asán se fue suavizando a medida que se iba topando con labrantíos y aldeas. El sol, colgado en su cenit, calentaba la tierra y la fecundaba.
     La noticia de la muerte de Proteo conmocionó a las gentes del reino; desde el páramo helado hasta los frondosos valles y las llanuras de la meseta, la fábula corrió de boca en boca. Los cantares de gesta ensalzaron las virtudes de Isicio de Asán y denostaron la maldad del malvado dragón rojo. El rey Castino I otorgó singulares parabienes al valeroso caballero. Oro y honores a raudales, promesas baldías que nunca jamás se cumplieron. Proteo, el dragón sanguinario había muerto, pero con él no se habían terminado las penurias del pueblo llano; una bestia mucho más vil y despreciable, un ser con apariencia humana y corazón de demonio, seguía habitando entre ellos.
 

     
       
     

LICÁNTROPO

                          LICÁNTROPO

 

     Mi nombre es Enrique de Siétamo, JuezInstructor del Partido Judicial de Leiza… y todavía me estremezco al recordarlo acontecido durante aquellos terribles días. El buen Procopio me pide que seasucinto en mi relato; él, que es haragán por naturaleza, piensa que lo bueno,si breve, dos veces bueno.

     “Todo sucedió pasadas las fiestas deAdviento del año de Nuestro señor de 17…”

     Es la primera vez que contemplo con mispropios ojos la diabólica obra del demonio.

     -La sangre gotea desde el techo. –Estiróla mano y añado. -…todavía está caliente. –Alzó la mirada y contemplo conestupor la mirada vidriosa de la joven víctima. En mi fuero interno deseo huir,salir corriendo y alejarme de aquella horripilante escena.

     Procopio, tras de mí, toma nota de mispalabras y levanta acta. Puedo sentir sus dientes castañetear; intuyo que setrata de miedo, aunque tal vez sólo sea frío.

     De repente un quejumbroso gemido llamanuestra atención. Arriba, sobre la techumbre, se mueven las tejas sueltas.Empujados por un ánimo renovado corremos hacia el exterior, a tiempo decomprobar como una sombra furtiva se desliza hasta el límite del bosque. Nisiquiera la luz se atreve a penetrar en la fantasmagórica arboleda; en ellindero del bosque la vegetación forma una barrera infranqueable. Un muro quesepara lo racional de lo irracional.

     Han transcurrido dos días desde nuestrallegada a la villa de Erasun. Desde entonces han muerto dos doncellas; erancasi unas niñas, me atrevería a decir que fue su virginidad la que atrajo a la Bestia, pero no quieroalimentar en vano el demonio de la superstición.

     La Casa del Concejo ofrece un cálido refugio en ésta noche de fríohelador. Es una estancia de techos bajos, con los muros de piedra revestidos detapices de basta confección. Por un instante me recreo en ellos. Ciervosenormes luchando contra diminutos cazadores, fieras que se debaten contrajaurías de perros rabiosos. Me detengo en sus miradas; en sus ojos acuosos hayuna expresión apenada, casi humana.

 

     Puedo leer el miedo en los rostrosavejentados de los vecinos. Al entrar he oído murmurar a uno de ellos.

     -Supercherías… -Al cruzarse conmigo haclavado su ojo huero en mí, como un puñal investido de reproches. El tuertoviste una especie de saya de color oscuro, raída y remendada en los bajos hastala saciedad. La cabeza tonsurada me indica que se trata del párroco de lavilla.

     El alcalde es un hombre orondo y biendispuesto. Me da la bienvenida con toda suerte de parabienes y me ofrece suasiento. Guardo un prudencial silencio y me dedico a escuchar con atención.

     -¡Esto es cosa de brujas, hechiceros oalgún ser maligno…! –El párroco del ojo huero le habla a la multitud convehemencia.

    

     ….me detengo en éste punto de la historia.Procopio sirve vino y ambos nos relajamos un instante. Percibo que mezclarnuestros recuerdos dará al relato una mejor perspectiva.

     Mi señor, Enrique de Siétamo, es un hombrede virtudes prodigiosas. Llevamos tres días en la villa de Erasun y han muertodos mujeres; la primera llevaba muerta y enterrada tres días cuando lapresencia de mi señor fue reclamada. La segunda ha sido vilmente asesinada ennuestras propias narices.

     -Es un oso, quizás un lobo grande. –Afirmaun muchacho del pueblo, que dice llamarse Laercio.

     Mi señor se rasca la barbilla con airepensativo. Ha dormido placidamente. ¡Qué suerte la suya, qué desconoce eltormento del miedo irrazonable!

     -Es seguro que el Señor te dotó al nacerde grandes habilidades, amigo Laercio… pero hijo mío, se ve que entre los donesque te adornan no se encuentra la observación.

     Mi señor se dirige a un punto bajo elalero de la casa.

     -Observa éstas marcas. –Dice señalando alsuelo. Sobre un túmulo de nieve aparecen restos de tejas desprendidos. –Un osohubiera dejado su impronta en el terreno, al igual que un lobo… grande. Sinembargo el rastro carmesí que se aleja hasta el bosque no nos habla desemejantes fieras. –Anoto en el pergamino las deducciones del magistrado, y dereojo me percato del reguero de sangre que conduce al límite de la arboleda.

     Según afirmaba el magistrado Enrique deSiétamo, la guarida de la Bestia debía encontrarse en alguna cueva o pasadizo subterráneo.En éstos agrestes parajes abundaban dolinas, simas y cuevas que atraviesan departe a parte los macizos montañosos. 

     ¿Qué clase de engendro mata como unaalimaña y se conduce como un hombre?

     Los recuerdos de Procopio son vagos, y enocasiones se ve obligado a repasar sus notas y apuntes. Los viejos legajosamarillean entre sus dedos. Decido retomar el relato.

     -Homo lupus est. –Dice el párroco tuerto.Lleva un libro de tapas gastadas bajo el brazo. Ha desayunado migas; unosvistosos lamparones sobre la saya lo atestiguan. –El diablo habita en elcorazón de la Bestia;vaga sin sentido devorando inocentes. –Después se ha marchado dejando ennosotros un halo de incertidumbre.

     -Ves, Procopio. A estas cosas me refierocuando digo que el miedo se cobija en los corazones, mientras que la verdadsiempre lo hace en el cerebro.

     Siendo de todo imposible dar caza a laescurridiza alimaña en su cubil, he ideado una artimaña para sacar a la Bestia a campo abierto.

     La joven Eloisa carece de cualquier atractivo;es una moza desdentada y algo vaga. Aún así goza de la cualidad necesaria parasemejante trabajo; el virgo intacto.

     Bajo el claro de luna Eloisa sale a laplaza. Avisado en todo momento, y siguiendo mis instrucciones al pie de laletra, Laercio, Procopio y varios mozos de Erasun se despliegan por lasdistintas salidas de la villa. Espero poder cercar al licántropo cuando seinterne en la villa en busca de su festín.

     Como era de esperar, al filo de la medianoche un rugido espeluznante se abre paso en el silencio como la hoja de uncuchillo.

     Eloisa, paralizada por el miedo se haorinado encima. La Bestiaestá a su lado, resoplando y lanzando vaharadas calientes sobre su cuerpo. Lasfauces sanguíneas acarician la piel erizada de la muchacha; el brillo rojizo desu mirada escudriña cada rincón. Para mi sorpresa, la Bestia tiene un ojomarchito, seco como el ojo de un tuerto.

     La luz del claro de luna se oscurece porun instante; jirones neblinosos se adueñan de la escena. El licántropo lanza unaullido estremecedor y se yergue sobre los cuartos traseros. Antes de que abatala zarpa sobre el cuello de la doncella, Laercio tensa sus músculos, aprietalos dientes y dispara con su ballesta. La saeta silba cortando el aire y seclava en el pecho de la Bestia;emite un lamento desgarrador, casi un llanto, su sangre es humana, roja como lade cualquier mortal; poco a poco su apariencia se desdibuja ante nosotros comolos garabatos de un niño.

     El rostro del licántropo adquiere una fazhumana fácilmente distinguible; sus facciones duras y marcadas, el ojo huero yla mirada sanguínea, quizás algo más suavizada por la cercanía de la muerte.Allí tendido, fatigado y escupiendo borbotones de sangre, es difícil noapiadarse de él. A medida que su vida se va apagando la multitud se arremolinaa nuestro alrededor. Vitorean al aguerrido Laercio, sin duda será recordado porsiempre como el héroe de la villa de Erasun.

     El valle de Baztán quedó conmocionado antela noticia, hasta el punto que la buena nueva corrió de boca en boca por todala comarca; buhoneros, comerciantes y viajeros sin oficio ni beneficio seencargaron de propagar la fábula del licántropo de Erasun. Sin embargo yo sólorecuerdo un hombre con la mirada triste y apenada, casi humana.

     -Toma nota, Procopio, a modo de epílogo.–El escribano se aferra al cálamo y espera mi sentencia final.

     -“No hay criatura más terrorífica sobre lafaz de la Tierraque el ser humano, ni enfermedad más dañina que la ignorancia y la superstición”.

 

    

    

    

 

 

 

 

    

Veneno de serpiente

          VENENO DE SERPIENTE

 

 

 

    El edificio que albergaba las oficinas centrales de la Corporación Epidermis,se encontraba en el barrio más selecto de la capital londinense, a unos pocosminutos de la City,el pulmón económico de Gran Bretaña.

    ¿Por qué se encontraba allí el inspector del Cuerpo Nacional de Policía,Celso Madariaga? Ni siquiera él lo sabía. Bueno… en realidad sí, pero era unaforma de hablar.

    El inspector jefe de la Brigada de Homicidios miró el reloj de pared que adornaba elvestíbulo del edificio. Eran las nueve en punto de la mañana.

    El día anterior había tomado un ferry en el puerto de Bilbao. Cruzó elCanal de La Manchay desembarcó en Plymouth, desde allí tomo el tren de alta velocidad hastaLondres. El rastro de Manuela Durán se había diluido como la niebla almediodía, pero el sabía dónde la podía encontrar. 

    Había conocido a Manuela dos meses antes, cuando Plácido Las Casasapareció muerto en su despacho de Corporación Epidermis. Recordaba aquellainspección ocular como la más desconcertante de toda su dilatada experienciacomo inspector de homicidios; no había rastros de violencia y el cadáver de LasCasas sonreía estúpidamente. Pero lo más extraño de todo fue el hecho dedescubrir que había estado practicando sexo apenas unos segundos antes de morirde modo fulminante.

    El forense Natal Maluenda fue tajante:

    -Lo han atiborrado con veneno de serpiente. Una variedad muyrara…Serpiente del Templo; procede de Malasia.

    Curiosamente aquel veneno era el producto estrella de la Corporación. Conextractos de aquel potingue, ácido hialurónico y otros brebajes similareshabían conseguido elaborar la crema regeneradora del siglo veintiuno.

    Manuela Durán era la directora de las oficinas de la Corporación en España.Una mujer madura pero de envidiable aspecto; Celso Madariaga la recordaba comouna hembra de muy buen ver… pero más estirada que el pellejo de una bota devino.

    -¿Qué puede decirme del señor Las Casas? –Quiso saber Madariaga.

    -Que era un auténtico cabrón. –Madariaga, estupefacto, no supo quedecir.

    -Perdón… ¿le he entendido…?

    -Me ha entendido usted perfectamente. Un cabrón con pintas. –Aquellaspalabras, en boca de la estiradísima Manuela Duran sonaban a película de serie B.

    -¿Podría ser algo más explícita? Soy un poco torpe; generalmente hay queexplicarme las cosas más de una vez. –Manuela Duran sonrió dejando entreverunos ligeros pliegues en el cuello, algo muy leve, casi insignificante.

    -Me violó. –Afirmó Manuela sin cortapisas. El inspector Madariaga tragósaliva. Aquello se estaba poniendo chungo por momentos.

    -Perdone, pero no la entiendo. –Madariaga miró a un lado y a otro; sepodía dar con un canto en los dientes si no le explotaban los cohetes en lasmanos.

    -Quiso hacer el amor conmigo, intentó forzarme… de hecho lo hizo. Queríadecírselo personalmente antes que lo descubriera por sus propios medios. Meimagino que ahora soy sospechosa y se verá obligado a detenerme.

    -Bueno, bueno. De momento me va a acompañar a la Brigada. Ya hablaremos allí. –Apesar de todo, Madariaga no quería precipitarse. Aquello era muy extraño.

    El interrogatorio de Manuela Durán no fue nada revelador. La mujerinsistía en que Plácido Las Casas la había violado.

    -Entonces, ¿fue usted quien le suministró el veneno de serpiente?–Preguntó el inspector Madariaga.

    -No. –Así una y otra vez. Al final Madariaga decidió encerrarla en loscalabozos; sería el Juez de Instrucción, al día siguiente, quien decidiera siestaba implicada o no. Era la única sospechosa que tenía.

 

    Al día siguiente la sorpresa fue de órdago. El calabozo número tres deldepósito de detención estaba cerrado a cal y canto; el cerrojo en su posición yel candado perfectamente cerrado. Sin embargo allí dentro no había nadie.

    Lo que Celso Madariaga no sabía era que aún no había visto lo peor. Losdos agentes que la custodiaban yacían muertos en el interior de lasdependencias donde prestaban servicio. Al igual que el desdichado de PlácidoLas Casas, lucían una misteriosa expresión de satisfacción a pesar de estartiesos como la mojama.

    La inspección ocular determinó que no existía ni el más mínimo rastro oindicio de violencia en la escena del crimen. Todo estaba tal cual. Entonces,¿cómo había escapado Manuela Durán? Tal vez el rastro viscoso que se extendíapor el suelo de la galería pudiera darle alguna pista.

    -El examen genético no deja lugar a dudas. –Había dicho el forense NatalMaluenda. –Se trata de ADN de reptil. –Está vez habló en voz muy baja; nisiquiera él daba crédito a sus palabras. Pero el resultado del laboratorio nodejaba lugar para las dudas.

    Todos los indicios llevaban en la misma dirección. El veneno de laserpiente del templo; el potingue que Corporación Epidermis utilizaba paraelaborar su nueva crema rejuvenecedora. Algo había salido mal y la prueba másevidente eran aquellas muertes por envenenamiento. Tenía que solucionar aquelloantes de que cayera en manos de la prensa amarilla. Ya podía ver los titulares:“La mujer serpiente anda suelta”. Era de locos.

     ¿Porqué estaba Celso Madariaga en las oficinas centrales de Corporación Epidermis?La respuesta era muy sencilla. Para revertir el proceso, Manuela Durán iba anecesitar grandes dosis del antídoto contra el veneno de la serpiente deltemplo, y el único lugar en dónde se guardaba tal cantidad era allí, enLondres. Allí encontraría a Manuela Durán y la detendría.

    Las manecillas del reloj de pared se posaron en las nueve en punto.Madariaga percibió unos pasos firmes sobre el mármol del vestíbulo. Al pocoapareció un conserje de mediana edad; carraspeó y accionó el mecanismo queliberaba las puertas automáticas que daban acceso al edificio. El inspectordecidió que debía esperar un poco más, cuando el personal laboral comenzara aafluir a las oficinas, se mezclaría entre ellos.

    Se manejaba bien con el inglés; nunca como entonces agradeció lapersistencia del Comisario General en enviarle a los cursos de inglés avanzadopara funcionarios del Cuerpo Superior. Pensando en todo esto estaba cuando lavio.

    -Tiene que dejarme, necesito el antídoto. El tiempo se agota; si estanoche no lo he tomado los efectos del veneno de serpiente serán irreversibles.Me habré convertido en la mujer serpiente. –Madariaga estaba atónito.

    -Pero, ¿cómo es posible?, ¿cómo ha sucedido? –Interrogó.

    -Nadie podía esperar que los efectos del veneno de serpiente, alteradogenéticamente para que pudiera ser asimilado por el metabolismo humano, fuera aser éste. Un efecto secundario poco deseable, ¿no cree? –Las últimas palabrasfueron como un bisbiseo, algo parecido a un silbido. Manuela tenía razón, eltiempo se estaba agotando.

    -Comprenderá que no puedo dejarla ir… sin embargo. Si me acompaña aMadrid de buen grado, no tendré inconveniente que se haga con el antídoto.

    -Graciasss. –El proceso avanzaba rápidamente.

    Los sótanos de las oficinas centrales de Corporación Epidermis acogíanlas más modernas instalaciones de investigación. Aquel era sin duda el corazónde toda una empresa dedicada a la estética de la mujer. Manuela Durán colocó elojo sobre la pantalla de un lector de retina; cuando el resultado fuesatisfactorio la puerta se abrió de forma automática. En el interior de laestancia hacía frío. Era una especie de inmenso congelador en donde se guardabatodo tipo de productos y formulas magistrales. Manuela buscó una a una entrelas probetas hasta que se detuvo en una de ellas.

    -¡Aquí está!

    -Bien, coja lo que necesita y vámonos de aquí.

    -Aguarde inspector. –Las manos de Manuela se enlazaron alrededor deltorso de Celso.

    -¿Qué pretende? –No le dio tiempo a decir más. Los labios de Manuela sefundieron con los suyos en un beso interminable del que fue imposible deshacerse.A medida que sus fluidos se iban ligando, Celso notaba como sus miembros seiban adormeciendo, hasta que finalmente, paralizado, se derrumbó.

    

    Manuela Durán cruzó el vestíbulo con paso firme, sin apartar la vista dela salida. Oculto bajo el abrigo llevaba la probeta de antídoto que había ido abuscar. Sin embargo lo que Manuela no sabía era que el proceso ya no teníamarcha atrás. El veneno de serpiente había afectado a la amígdala cerebral demodo que ya jamás podría volver a ser una humana normal. Fuera, en la riberadel Támesis, la niebla envolvía las calles y se tragaba los pasos de Manuela,la mujer serpiente.

El año de la jambre

                              EL AÑO DE “LA JAMBRE

 

     Era el día de la Virgen del Carmen y laciudad lucía sus mejores galas.

    Javierín Buitrago había dejado la pensión por la mañana, justo cuandolas cornetas y tambores de la banda militar se dejaron caer bajo la ventana desu habitación. La señora Mariana, una cuarentona entradita en carnes, viuda deguerra para más señas, le había echado un guiño antes de despedirlo.

    -Hasta luego buen mozo, ¿a dónde iras con tan buena planta? –Javierínsonrió con amabilidad; la señora bien podría ser su madre.

    Llevaba las tripas pegadas desde el día anterior, así que echó mano desu cuadernillo de notas y carboncillo suficiente como para echar el día. Lagente iba y venía con aire sonriente, como si los sones de fiesta alejaran porun momento la hambruna y la penuria que a diario asolaban las calles.

    La Plaza Mayorestaba abarrotada de mujeres, que se peleaban en las esquinas para ver quien sequedaba con el mejor sitio; puestos de flores, de barquillos o de almendrasgarrapiñadas. El mercado de abastos era un hervidero. Los mayetos de laspedanías cercanas exponían sus productos en plena calle, en una exultantesinfonía de colores y olores.

    A Javierín se le caía la baba con los tomates reventones, a punto deexplotar de maduros que estaban; poco a poco se fue internando en el intrincadolaberinto de calles del centro. Llegó a las puertas de “El Cafetín”; elSinforio estaba en la puerta, con su cara colorada y su expresión siemprealegre; el olor a churros recién hechos le pegó un pellizco en la boca delestómago.

    De camino a la Plazade Las Galeras se cruzó con el “Sebas”; el viejo “limpia” estaba dale que te pego al lustre, liado a fondo con lasbotas de un señor mayor de aspecto estirado.

    -Este al menos saca para llenar el buche. –Cavilaba Javierín, mientrascontinuaba caminando en dirección a los muelles.

    -Buenos días “Sebas”. –Saludó al pasar.

    -Con Dios chavalote. –Contestó el limpiabotas sin levantar la vista delos botines.

    -Tú a lo tuyo “Sebas”. –Le recriminó el señor mayor, en medio de unavaharada de humo azul, procedente del enorme cigarro habano que estaba fumando.

    -A mandá. –

 

    Las campanas de la Prioral tañían por alegrías, justo cuando la banda del Terciode Infantería de Marina se abrió paso desde las explanadas del puerto pesquero;los aburridos soldados llevaban formados desde por la mañana, con un caféaguado y un par de churros en el estómago.

    -¡Ya vienen, ya vienen! –Las cornetas se unieron a los sones de lostambores, como uno solo –un, dos,marchen, un dos, marchen –con el soniquete monocorde de las marchasmilitares.

    -Y yo sin comer desde ayer. –Pensó Javierín, al pasar junto a las cajasde pescado que se amontonaban en el cantil del muelle; los ojosdesmesuradamente abiertos de las brótolas de Conil, le hicieron agudizar elingenio. En los tinglados del muelle, apoyados sobre unos tendejones, un grupode guardiamarinas conversaba con indiferencia. El buen porte de los militaresle hizo albergar esperanzas.

    -Si me camelo a estos, hoy lleno la panza. –Aún le quedaba, que no erapoca cosa, la opción de aferrarse a las hambrientas caderas de la señoraMariana; cuando el hambre aprieta y uno no tiene un mal chusco que echarse algañote, más vale gallina vieja que retortijón de tripas.

    -Buenos días, señores guardiamarinas. ¿Hacen unas caricaturas? A susnovias les van a encantar; también puedo dedicarles alguna rima; no son grancosa, pero dan el pego.

    -Mira tú el pintamonas ¡pues no nos quiere inmortalizar! –El comentariodel más avispado fue seguido de una sonora carcajada. De repente, la imagen dela señora Mariana, deslizándose libidinosa entre las sábanas de su catre, sehizo realidad en la imaginación del pobre Javierín.

 

    Siguió su camino, preso ya de la desesperanza.

    -¡Camarones, mojama! ¡Prueben el jamón del mar! –Anunciaban a voz engrito los vendedores ambulantes, adueñándose de las esquinas más concurridas dela ciudad. La gente pudiente, con sus estiradas levitas, sus chisteras ypamelas, se encaminaban con evidente buen humor hacia las tabernas de laribera; hasta Javierín llegaba el aroma del arroz caldoso que se cocía en lasperolas de cada tasca.

    -Y yo sin un real. –Se lamentaba en silencio, cada vez más compungido.El agujero de su estómago crecía cada vez más. Javierín rebuscó en sufaltriquera y comprobó que estaba tieso; más que la mojama que vendían por lasesquinas.

    La procesión de aquel año iba a ser la comidilla durante mucho tiempo; oal menos ese era el parecer general de la concurrencia. Javierín pasó derefilón frente a la puerta de la conocida Casa del Marqués de Purullena –éste si que puede –reflexionó mientrasasomaba la cabeza al patio con curiosidad.

    Con más hambre que un lagarto detrás de una pita husmeó el aire y cogióal volapié la fragancia dulzona del azafrán, adornado quizás con una pizca deperejil, lo justo para dar color. Entró de puntillas procurando no hacer ruido.

    Al fondo del corredor se distinguía el entrechocar de cacharros y unalboroto inusual.

    Acuciado por la curiosidad penetró hasta la cocina. La mulata no habíavisto una cosa como aquella en la vida. El animalito daba tumbos por la cocinaintentando dar con una salida, mientras el agua borboteaba en la cazuela,anunciando que había dado el primer hervor.

    -¡Ay señor! Tenga usted cuidado. –La criada dio un respingo echando elcuerpo hacia atrás. –La enorme langosta chasqueaba sus pinzas con aireamenazador.

    -¡Tríncala ahora! –Animó Javierín, al tiempo que cortaba el paso delhuidizo bicho. -¡Semejante barbaridad! ¡¿De dónde ha salido?! –Exclamó admiradopor la presencia del crustáceo. La mulata se abalanzó sobre él por detrás; enmenos de un santiamén estaba hirviendo en la perola, no sin antes habersedefendido a brazo partido.

    

    -¡Ay señor, que me ha mordido la muy p…! –Se lamentaba la mulata,mientras le enseñaba un feo corte en el antebrazo.

    -No te preocupes guapetona, esto no es ná. –Dijo llevándose la herida a los labios, a la vez que chupabacon fruición los bordes de la herida. Ya no sabía de que tenía más hambre, side hembra o de hambre.

    -¡Quita pa ya, ladrón! –Lamulata se alejó meneando las caderas.

    -Por lo menos déjame que pruebe el arroz, huele que alimenta. –La criadavolvió al poco, con un plato de guiso humeante entre las manos.

    -Anda “esmayao”, come a gusto,come contento, pero luego… -Javierín se arrellanó en la silla de esparto y echómano de la cuchara. El caldo espeso y amarillo, preñado de tropezones, resbalópor la comisura de sus labios. Comió con avaricia hasta “jartarse”, con un instinto atávico, como el que arrastra un hambrecentenaria. Aquella era “la jambre” dela que había oído hablar tanto a su madre en las cuevas de la Sierra San Cristóbal, y antesque a ella a su abuela, ni se sabe donde. Hambre de pobre, de miserable, de laque te seca por dentro.

    Javierín Buitrago masticaba con miedo a perder bocado, como si le fuerana quitar la comida de la boca; mientras la mulata se reía a carcajadas apoyadaen el umbral de la cocina.

    -¡Come muerto de hambre, come que mañana Dios dirá!    FIN.

    


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